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Desarrollo socio-emocional en la infancia.           

Aída Pérez Rodríguez

Psicóloga. Directora de la Fundación Sorapán de Rieros (Fundación para la Prevención de los Trastornos Psiquiátricos de los Niños y Adolescentes)

 

Aparición de la experiencia emocional.

Las teorías modernas del desarrollo emocional  distinguen entre “estados emocionales”, “expresiones” y “experiencias emocionales”. Según el análisis estructural de las emociones, propuesto por Lewis y Michelson, el estado emocional se refiere  a los cambios internos en la actividad somática y/o fisiológica mientras que la expresión emocional se refiere a los cambios observables en la cara, cuerpo, voz  y nivel de actividad que se producen cuando el SNC es activado por estímulos emocionales importantes.

La experiencia emocional se refiere a las consecuencias de la valoración y la interpretación cognitivas por parte de los individuos de la percepción de sus estados y expresiones emocionales. Requiere un sentido de sí mismo para evaluar los cambios dados en sí mismo y un nivel cognitivo que le permita percibir, discriminar, recordar, asociar y comparar. Así las expresiones emocionales de los lactantes nos dicen poco sobre su experiencia emocional, sin embargo las personas de su alrededor responden a las mismas como si fueran fiel reflejo a una experiencia subjetiva. De este modo mediante la interpretación y evaluación de su expresión emocional, el entorno social le proporciona normas con las que aprende a evaluar e interpretar, es decir a experimentar sus propias conductas y estados.

El ser humano nace en un mundo social donde las características físicas y los patrones de comportamiento del bebé atraen el cuidado de la gente a su alrededor. Bolwby estudió el desarrollo del vínculo afectivo con los adultos e inspirándose en trabajos con primates propuso que tenía su origen en comportamientos heredados y propios de la especie conocidos como sistemas de respuesta innatos. El “babyness” o encanto por los niños muy pequeños es universal. Sus patrones conductuales aseguran la proximidad del cuidador, necesaria para la supervivencia física. De entre estos sistemas de respuesta innatos, la afectividad es esencial. El repertorio conductual del más joven de los niños ya incluye un componente emocional.

La afectividad es considerada por algunos autores como un factor fundamental facilitador de las primeras experiencias comunicativas en niños. El recién nacido dispone de una gama expresiva muy variada. . Como ya hemos dicho anteriormente, entre la madre y el niño se establece un sistema de interacción afectivo que da lugar al apego, establecido con las personas que interactúan con él de forma privilegiada. Conlleva determinadas conductas que tienen como fin mantener al cuidador cerca para garantizar la supervivencia. Las conductas motoras de aproximación y seguimiento son las más frecuentes. Además conlleva sentimientos por parte del niño de seguridad, bienestar y placer ante su proximidad y de la ansiedad ante situaciones de distanciamiento.

 

Las primeras manifestaciones afectivas (Los organizadores de la personalidad de Spitz).

Las emociones desempeñan un papel fundamental en el establecimiento de lazos afectivos entre el adulto y el niño. La expresión de estas emociones en edad temprana son “la sonrisa”, “la ansiedad ante el extraño” y “la negación”, considerados por SPITZ como organizadores del desarrollo afectivo del niño y como hitos de su evolución emocional.

La sonrisa, que es el primer organizador, aparece alrededor del primer mes de vida en estado de vigilia y que se vuelve cada vez más selectiva con respecto a los estímulos que la elicitan siempre en contextos sociales. Según Spitz los niños no aprenden a sonreír, sino a identificar rasgos de la cara de su cuidador. El estímulo más determinante es el rostro humano.

El segundo organizador, la ansiedad ante el extraño, tiene una manifestación variada en cada niño, tanto en la edad de aparición como en el grado. Spitz señala que es debido a que ha desarrollado memoria de evocación y por un proceso de inferencia rudimentaria compara la representación interna de su cuidador con el desconocido. Por otro lado, a raíz de los estudios realizados con niños institucionalizados, también se sabe que su manifestación depende de la calidad de la relación entre el niño y su cuidador. Otros apuntan que tiene un valor adaptativo como respuesta a ciertos indicadores de peligro de su entorno, ya que el fin es solicitar el auxilio de los padres. Desde las teorías cognitivas y sociales se plantea que son manifestaciones ambivalentes ya que sienten a la vez atracción y miedo. Y que la respuesta de los niños es más positiva si el extraño previamente interacciona de forma positiva con el cuidador y posteriormente no se dirige a él de forma brusca. Si la conducta les resulta rara desde el principio si les provoca rechazo.

La ansiedad de separación aparece hacia el 6º-8º mes, y se caracteriza porque los niños comienzan a protestar cuando se les separa de los padres. Tres son las principales respuestas dependiendo del tiempo que pasen separados. Desesperación con una duración inferior a 15 días, por ejemplo por ser hospitalizado. Es una reacción de inconformismo y protesta por la separación que se puede manifestar con trastornos de la alimentación y en la relación con los demás como llanto y rechazo de caricias y juguetes. La ambivalencia cuando la separación supera el mes, que supone la progresiva aceptación de los ofrecimientos de los adultos de su entorno. Cuando reaparece la figura de apego se muestran esquivos y distantes, como protesta durante pocas horas. El desapego se produce si la separación se alarga durante meses o años, ya que se rompe el vínculo afectivo y puede establecer relaciones de apego con otros adultos.

Hay diferencias individuales en cuanto a la seguridad que las figuras de apego proporcionan al niño. Pueden desarrollar seguridad en sus propias posibilidades, creándoles habilidad para actuar en su entorno con éxito y confiar en las personas de su entorno cuando los cuidadores responden con prontitud y adecuadamente a las necesidades de los niños. Si responden de manera diferente ya sea con mayor o menor prontitud de la que necesitan los niños, puede no darle seguridad el vínculo afectivo.

Con respecto al tercer organizador, la aparición del no, puede acarrear mayor conflictividad en las relaciones con su entorno. El niño a través del desarrollo motor que le confiere mayor control sobre su cuerpo y motilidad, reivindica mayor autonomía, rechazando normas y pautas, que se le quieren imponer,  a pesar de los conflictos que esto le provoca con figuras tan importantes como los adultos. Además, desde que nacen sienten la necesidad de controlar su entorno y como elementos principales de él, dominar a los adultos. Se muestran muy exigentes cuando quieren algo, soportando muy mal las demoras entre sus demandas y el cumplimiento de las mismas, en parte por la concepción del tiempo en presente. Se suelen mostrar descontrolados e impulsivos, ya que sus deseos son imperativos. Así mismo sus sentimientos son apasionados y poco matizados. El sentimiento dominante en esta época de la vida es el sentimiento posesivo en relación con los adultos, sus padres. Sus episodios de celos manifiestan la incapacidad de compartir con los demás el afecto o la atención de la persona querida.

Con respecto a sus relaciones con los iguales, a los 6 meses ya pueden mantener relaciones sociales limitadas no conflictivas con otros niños. Con 12 meses, todos los niños manifiestan conductas prosociales. En estudios realizados se ha observado que los niños que a los 6-9 meses se muestran muy sociables con sus madres, lo son a su vez con otros niños. Todo parece indicar que la calidad y el tipo de relaciones que establecen con los padres influyen en los estilos sociales que desarrollan con los compañeros de su edad.

 

De los 2 a los 6 años

El desarrollo a nivel cognitivo está íntimamente relacionado con su crecimiento social y afectivo, así los progresos en el desarrollo psíquico se reflejan en tres dimensiones: la construcción de la personalidad, las relaciones con los adultos y las relaciones con los iguales. Junto al desarrollo motor, los avances en el lenguaje, la identidad sexual y el sentido del yo le dan un sentido de individualización creciente.

La construcción de la personalidad. Según Wallon es la etapa del personalismo la más significativa en la formación de la personalidad. Necesita diferenciarse de los demás a través de la oposición, luego pasa a una fase de autonomía en la que quiere hacerlo todo por sí mismo, y luego pasa a una fase de identificaciones a través de procesos imitativos y adopta características de papeles que son significativos para él. La conciencia psicológica de sí mismo se da a partir de la progresiva diferenciación y relación con los otros, reflejado en el uso del pronombre personal, aunque superficialmente limitado al aspecto físico y a su actuación, es decir, que se define por como es y lo que sabe hacer o le gustaría saber hacer. Así no es debido a problemas del lenguaje que no use el pronombre personal, si no a problemas en la construcción de la identidad. Esta construcción es fundamental en este período. Otra realidad importante en este periodo es el de la identidad sexual. Sobre los 2-3 años sabe como categorizarse pero falla en categorizar a los demás. Así un niño de 4-5 años piensa que puede convertirse alguien en una persona del sexo contrario solo con llevar atributos externos relacionados al otro sexo: vestirse, pendientes. Se ha demostrado la precocidad en la adquisición de los estereotipos asociados al papel social adjudicado a cada sexo de una forma muy tradicional, siendo muchas veces más acusados de lo vivido en su ambiente familiar, si bien no tiene problemas en admitir que sus padres tomen papeles contrarios, cuando juegan atribuyen los roles de manera tradicional. Desde las teorías psicoanalíticas, la construcción de la identidad sexual tiene un papel primordial en la construcción de la personalidad, relacionándolo con la resolución del conflicto edípico mediante la identificación con las figuras parentales que lleva a la formación del superyó, instancia de la personalidad que supone la interiorización progresiva de las normas morales que en la edad de 5 años es muy rígida por la necesidad de ser querido por los padres. Piaget desde la teoría genetista-constructivista concibe esta edad la del realismo moral, en la que el niño concibe lo que se debe o no hacer en función del castigo y recibir la sanción según el resultado y no la intencionalidad del acto.

Entre los 3 y los 5 años, se va formando la idea de un yo privado no observable por los demás. Comienzan a surgir las rivalidades, los celos, la envidia y los secretos.

Las relaciones con los adultos.

La escala de valores y los estilos educativos varían mucho de una familia a otra ya que los padres se encargan de la educación, formación de hábitos y normas de conducta del niño, cada familia tiene unas características afectivas y sociales determinadas. Otro aspecto importante en la evolución social y afectiva del niño es la disciplina, entendida como la adquisición de habilidades tomando como modelo a una persona. Los niños pequeños admiran profundamente a sus padres, personas que les protege y por tanto las más importantes en su vida, por lo que se constituye una base sólida para que deseen imitarlos. En su imitación influye más lo que hacen que lo que dicen, de forma que es importante dar señales de autodominio y paciencia. Los patrones de personalidad se adquieren, según Bandura, en gran medida por la imitación activa. El autodominio no se alcanza hasta el momento en que las personas pueden tomar sus propias decisiones, pero es importante desde pequeños educar para ello. Un estudio comparativo entre estilos educativos americanos y japoneses muestra diferencias en la capacidad de autodominio de ambas poblaciones fijándose en la enseñanza de la misma: los americanos dan ordenes sin explicaciones y a los japoneses les sensibilizan sobre los sentimientos y pensamientos de los demás: ¿Que crees que pensará de ti el señor del supermercado si haces eso? En un caso se impone disciplina (no hay tiempo que perder) y en otro se enseña autodisciplina (se necesita tiempo y paciencia).

La relación con los iguales. La actitud del adulto influye mucho en el tipo de relaciones que establecen los niños entre ellos. La más favorecedora para el desarrollo de la autonomía intelectual, afectiva y social es la que permite que discutan y resuelvan los problemas entre ellos. Además una relación afectiva coherente con los padres favorece el desarrollo social y afectivo con los demás. Aquellos que con 3 años constituyeron una relación de apego seguro con sus madres eran más competentes socialmente; habría por tanto una relación de continuidad entre el tipo de relaciones establecido con los padres y el establecido con los iguales. Las relaciones con estos favorece el descentramiento social y cognitivo (porque las perspectivas de otros niños son más próximas que las de los adultos), la canalización y regulación de la agresividad y el reconocimiento de los derechos y deberes de los demás.

 

De 6 a 12 años

En esta etapa a parte de los progresos a nivel cognitivo se dan grandes avances en el área afectiva y la formación de la personalidad. El progresivo descentramiento le permite analizar las personas y las cosas desde diferentes puntos de vista  lo que le permite hacerse una idea sobre sí mismo y la realidad que le rodea. La superación del egocentrismo le permite ver los aspectos positivos y negativos de las personas que le rodean y de sí mismos. La resolución edípica le permite avanzar en la construcción de la propia identidad, liberarse de la rigidez del superyó y valorar con relatividad las conductas y características personales de sus padres.

Autoconcepto y autoestima. El autoconcepto es el conjunto de sentimientos y representaciones que se posee sobre uno mismo, sobre la propia apariencia y los rasgos de carácter. En esta etapa diferencian ambos. Supone una autoevaluación que parte de los propios valores y de lo que piensan que valoran los demás. La autoestima es el conjunto de valoraciones. Antes el niño se sobrevaloraba, ahora es más autocrítico y se compara con los demás. En esta etapa empieza a tener un papel importante en esta autovaloración el autoconcepto académico, así como el aspecto físico, priorizado por los valores de nuestra sociedad, sobretodo en base a la talla en los niños y al volumen en las niñas.

La identidad sexual. A partir de esta edad tienen un concepto permanente basado en las características biológicas. La identificación con el sexo supone la adopción de roles en un continuo de expresividad (afectivas, expresivas, verbales)/instrumentalidad (eficaces, seguros, inexpresividad emocional) femenino/masculino. Se han planteado tres tipos de cuestiones: 1ª hasta que punto eso sigue estando vigente en nuestra sociedad actual;  2ª los estilos de relación y 3º en que medida son diferencias innatas o provocadas por agentes de socialización. Con respecto a la primera cuestión, en estudios realizados por autores como Maccoby y Jacklin, en el año 1974, se encontraba que la diferencia más clara era la agresividad, vigente en los niños desde muy temprana edad y hasta la primera juventud. Con respecto a las habilidades las mujeres destacaban en las verbales y los hombres en orientación espacial y conceptos matemáticos, pero estas diferencias se empezaban a observar desde los 11 años. Con respecto a los estilos comunicativos interaccionan y usan el lenguaje de forma distinta desde esta etapa del desarrollo. Prefieren contextos diferentes y derivado de ello aprenden usos del lenguaje diferentes: las niñas prefieren jugar en lugares interiores, juegan con mayor frecuencia a juegos típicos del otro sexo, y los niños en grupos de edad mas amplios y a juegos competitivos, por lo que los niños aprenden a indicar posición de dominio, atraer y mantener audiencia y las niñas crear y mantener relaciones de intimidad con iguales, criticar a los demás e interpretar correctamente las conversaciones de otros. Con respecto a la tercera cuestión, no hay certeza respecto a la repercusión del sexo biológico en las características psíquicas, pero sí muchas sobre la influencia no consciente del entorno o de los agentes de socialización sobre las mismas.

Las diferencias individuales. La identidad es el producto de la interacción entre el nivel y estilo de desarrollo cognitivo con las dimensiones afectiva y la social. El niño va conociéndose a sí mismo en la medida que aprende a conocer a los demás, a interpretar sus sentimientos e intenciones, así como las valoraciones que sobre él mismo tienen los demás.

El desarrollo social: el conocimiento de los otros. La capacidad de situarse desde la perspectiva de los demás. Ya se ha dicho que a partir de los 6 años realiza grandes avances en el descentramiento social, adopta una perspectiva social subjetiva, que puede diferenciar sus sentimientos y pensamientos de los de los otros pero aún le cuesta verse como le ven los demás. Desde los 8 años ya puede hacerlo. Selman explica una evolución por estadios en la adopción de perspectivas:

 

ESTADIO 0: PERSPECTIVA EGOCÉNTRICA

3-6 años

No relación actuación social-razón psíquica

Propio punto de vista interpretativo

ESTADIO 1: SOCIO-INFORMATIVA

6-8

No comprende otras perspectivas pero si entiende que existen

ESTADIO 2: AUTORREFLEXIVA

8-10

Tiene en cuenta distintas perspectivas

ESTADIO 3: MUTUA

10-12

Congenia más de dos perspectivas a la vez

ESTADIO 4: SISTEMA SOCIAL Y CONVENCIONAL

12

Comprende relaciones sociales teniendo en cuenta el sistema social

 

El desarrollo moral. Relacionado con la adopción de normas y valores sociales, hay que distinguir entre principios morales y normas convencionales. Piaget concibe la moralidad como el respeto por las reglas sociales y la justicia fundamentada en la reciprocidad e igualdad entre los individuos. Plantea una evolución que va desde un realismo moral  como de responsabilidad objetiva, en la que se tiene en cuenta el resultado más que la intencionalidad a una responsabilidad subjetiva. Considera que la primera no solo depende del nivel de desarrollo cognitivo del niño si no de la actitud de los adultos y la presión que ejercen sobre los niños. El niño aplica al pie de la letra lo que interpreta de la actitud de los padres que aunque expresen por el lenguaje nivel de desarrollo de responsabilidad subjetiva pueden conducirse por la objetiva. En esta etapa pasa de la heteronomía moral, sumisión a los criterios que piensan que se rigen los adultos y que supone imposición por el principio de autoridad,  a la moral autónoma que surge del respeto mutuo y del principio de igualdad, construye sus propias reglas de acuerdo a los principios básicos de los derechos humanos.

Kohlberg con estudios primero transversales y más tarde longitudinales estudió el juicio moral siguiendo los conceptos de Piaget. Plantea una serie de estadios en el desarrollo moral:

NIVEL I   Preconvencional

Estadio 1: moral heterónoma. Punto de vista egocéntrico en el que los demás tienen los mismos intereses que él. Razones para cumplir normas son la evitación del castigo.

Estadio 2: finalidad instrumental, individualismo. Criterio moral de satisfacer sus necesidades y los demás las suyas. Entiende intereses diferentes a los suyos

NIVEL II Convencional

Estadio 3: expectativas interpersonales mutuas. Los demás son jueces privilegiados de la propia conducta, se valora en función de ser buena persona para sí mismo y los demás

Estadio 4: sistema social y conciencia. Superación puntos de vista interpersonales.

Tiene en cuenta los intereses en función de leyes y normas para el bien de la comunidad.

NIVEL III Postconvencional

Estadio 5: contrato social y derechos individuales. Reglas respetadas por contrato social pero determinados derechos deben ser defendidos independientemente de la sociedad y la opinión de la mayoría (como derecho vida y libertad).

Estadio 6: principios éticos universales. Criterio moral propio que engloba principios de justicia y derechos humanos.

 

Hasta aquí hemos analizado las generalidades en el desarrollo emocional normal de un niño. Volvemos a los inicios de la vida de un niño pero ahora analizando aquellas características que dan como resultado su individualidad: el temperamento. Más adelante analizaremos el resultado de su interacción con el medio que  acaba constituyendo el carácter o lo que, últimamente, conceptualizamos como inteligencia emocional.

 

Temperamento.

El temperamento es la reacción singular de cada persona a la gente, los acontecimientos y las condiciones de nuestro mundo. Existen diversas concepciones acerca del origen del temperamento, para algunos autores es genético y para otros resultado del aprendizaje.

En cierta época se consideró que el temperamento era hereditario, que se determinaba por "humores corporales", glándulas e, incluso, la constitución del cuerpo. Hoy en día, hay evidencias de que se trata en gran parte de un producto del aprendizaje aún cuando la salud y el equilibrio endocrino son influencias importantes, los estímulos emocionales y el modo en que los niños aprenden a responder ante ellos.

La línea más aceptada es que está determinada por los genes pero se modela por el aprendizaje. El resultado de esto sería lo que conocemos por carácter. La vida parecerá transcurrir más fácilmente cuanto mejor se adapte el temperamento de la persona a su medio ambiente físico y social.

Mientras determinados niños suelen sonreír frecuentemente y lloran muy pocas veces, otros niños actúan de forma contraria. Estas diferencias, que aparecen desde el nacimiento, demuestran que cada niño tiene diferentes temperamentos o estilos característicos e individuales de aproximarse a las situaciones y a las demás personas.

Desde el primer día de nacido, comenzará a revelar un estilo de comportamiento específico que influenciará cómo reacciona y aborda a las personas y las situaciones en su mundo, incluido lo sensible o alegre, tranquilo o extrovertido, exaltado o adaptable que sea.

No hay manera de predecir qué tipo de temperamento tendrá el bebé.

Tras observar a cientos de niños desde el nacimiento hasta concluida la infancia, los investigadores de la conducta han identificado nueve aspectos innatos del temperamento. Son los siguientes:

               I.      Nivel de actividad física y motora: si el bebé disfruta de mucha estimulación activa o prefiere jugar tranquilo u observar lo que está pasando.

             II.      Regularidad en el funcionamiento biológico (dormir, comer, evacuar): si el bebé desarrolla fácilmente un itinerario natural y regular para comer y dormir.

            III.      Disposición para aceptar personas y situaciones nuevas: si su bebé se trastorna con facilidad con alimentos nuevos o situaciones nuevas como el primer baño, o disfruta mucho de las variaciones cuando lo manejan.

          IV.      Adaptabilidad al cambio, la sensibilidad a la luz, ruido y otros estímulos sensoriales.

            V.      Humor (alegría o disgusto): si el bebé es relativamente llevadero o se pone nervioso con frecuencia.

          VI.      Intensidad en las respuestas.

         VII.      Grado de atención.

       VIII.      Persistencia: si el bebé tiene mucha paciencia para quedarse con un juguete nuevo o una destreza que trata de perfeccionar, o cambia rápidamente a algo que le resulta más fácil.

           IX.      Grado de sociabilidad: si disfruta que se le coja con frecuencia, o no le gusta sentirse coartado e insiste en tener mucha actividad física.

Basándose en estos aspectos del temperamento los investigadores de la conducta identificaron tres estilos de conducta temprana: "fácil", "difícil" y "de reacción lenta".

El niño fácil es rítmico, tiene habitualmente pautas regulares de alimentación, sueño e higiene. Se adapta bien a los cambios de situación y generalmente tiene un humor alegre y positivo, les gusta acercarse a objetos o personas nuevas. Aproximadamente un 40% de los niños pertenecen a este tipo.

El niño difícil es exactamente lo opuesto. Es menos predecible en sus horarios, se siente incómodo cuando cambia la situación, y con frecuencia llora o presenta un humor negativo. Rechaza nuevas experiencias. Aproximadamente se presenta este tipo en el 10% de los niños.

El bebé de reacción lenta también se adapta con dificultad a las situaciones cambiantes y tiende a rechazar a las personas y objetos desconocidos, pero luego paulatinamente va tomando confianza y se integra. Es generalmente menos activo de comienzo hasta entrar en calor. Representa un 15% aproximadamente de los niños.

Hay una serie de principios que ayudan a que la vida del y al lado del  niño sea lo más serena posible. Comprender como es su temperamento resulta muy útil para cuidarlo y ayudarlo a desenvolverse en la vida. Saber que se distrae o se molesta fácilmente con muchos ruidos, hace que intentemos calmarlo en un lugar tranquilo para que sea más fácil. En los años escolares tener esta característica suya en cuenta sirve para facilitarle un lugar tranquilo donde hacer sus deberes.

Partir de que el temperamento del niño es único, también ayuda a respetarlo como individuo, reconociendo su individualidad, en vez de tratar de cambiar su naturaleza básica. Eso no significa aceptar todo tipo de comportamiento, sino ajustar las técnicas de crianza para lidiar lo mejor posible con los aspectos más difíciles de su personalidad. Al respetar la individualidad del bebé y mostrar que lo entiende, su vida comenzará más feliz y con un sentimiento positivo de amor propio.

Puede ser algo difícil al principio, sobretodo si el temperamento del niño es diferente al del padre. Es positivo en lo que se pueda, dejarlo hacer las cosas a su manera, a su propio ritmo. Eso hará que las cosas sean menos frustrantes para ambos. Crecerá seguro de sí mismo. Además, tendrá mejores oportunidades de ser feliz y tener éxito si aprende a jugar, trabajar y vivir la vida a su manera.

 

Temperamento y Problemas de conducta.
Algunos estudios realizados afirman que los tipos de temperamentos tienen repercusión en las conductas posteriores de los niños. Los más estudiados han sido los llamados "niños difíciles", quienes se han relacionado con problemas de conducta durante la infancia. La explicación causal más directa es que esas características temperamentales eran síntomas subyacentes de problemas psicológicos que ya estaban presentes en el niño. Un análisis más actualizado de la situación nos indica que aquellos aspectos del temperamento del bebé que dan lugar a la clasificación de "difícil", como el llanto frecuente y la irritabilidad, aumentan la probabilidad de que los padres reaccionen ante el niño de forma poco adecuada, ansiosa, creándose alteraciones en la relación niño-cuidador y, finalmente problemas de conducta en el niño.

Cualquiera que sea la explicación, lo cierto es que debemos como padres tener conocimiento de las individualidades de nuestros niños, con el fin de aprender a manejarnos mejor ante sus comportamientos y canalizar sus energías, en pro de lograr las mejores relaciones padre-hijo.

Al observarlo cuidadosamente, aprenderá a reconocer las señales que le indicarán el tipo de cosas que le gustan, las que le molestan y cómo reaccionará en diversas situaciones.

Descubrirá cuánto y cómo le gusta que lo traten. Notará su nivel de preparación para enfrentarse a extraños, la facilidad o dificultad que tiene para dormirse en una habitación ruidosa, de qué forma le gusta jugar. Comprender su temperamento le ayudará a predecir y tratar su conducta, mantenerlo contento y calmado. Es importante no tener nociones preconcebidas sobre lo que un bebé recién nacido debe hacer o no.

Tal vez usted sea una persona naturalmente afectuosa, que no quiere escatimar en abrazos y caricias con su bebé, pero él prefiere estar fuera de los brazos para tener la libertad de patear y rodar. En vez de sentirse rechazado, amolde su temperamento y exprese su cariño de otra manera. Por ejemplo, colóquelo sobre una manta suave y haga contacto visual con el bebé mientras juegan, hablan y se ríen.

Por último, si a veces siente inseguridad con respecto a sus habilidades como madre o padre, es tranquilizante pensar que los aspectos difíciles del temperamento de su hijo son, en gran medida, producto de sus genes, y no un reflejo de sus propias características.

Se ha realizado un estudio exploratorio sobre la continuidad de las dimensiones temperamentales desde el nacimiento hasta los 9 meses (Pérez-López et al 1993). Con respecto a la misma, hay autores que proponen una base constitucional del temperamento y predicen su estabilidad a lo largo del tiempo mientras que otros consideran el cambio igual que se da en otras características del desarrollo humano. Consideran que el término continuidad se adecua mejor al carácter dinámico del desarrollo humano. Para estudiarlo parece mas adecuado observarlo desde los primeros momentos de vida, antes que la influencia de la socialización y las primeras experiencias puedan modificar sus características. Uno de los instrumentos que utilizaron fue la NBAS (Escala para la evaluación del comportamiento neonatal) de Brazelton  pues se considera útil para detectar y predecir de forma temprana rasgos temperamentales. De los resultados obtenidos concluyeron que se puede predecir continuidad en las dimensiones de actividad y docilidad desde el nacimiento hasta los 9 meses de vida.

 

Inteligencia emocional

Hemos analizado el desarrollo emocional normal en base a las características propias de cada edad y los componentes diferenciales desde el nacimiento constituido por el temperamento. Íntimamente relacionado con el temperamento, queríamos analizar un aspecto no menos importante y cuyo cuidado y desarrollo promueve el éxito personal y social conocido como la “inteligencia emocional”, que no se basa en el grado de inteligencia de un niño sino en sus características de personalidad o carácter.

El término inteligencia emocional fue utilizado por primera vez por los psicólogos Peter Salovey y John Mayer de la Universidad de Harvard (1990), definida como: "la habilidad para percibir, evaluar, comprender y expresar emociones, y la habilidad para regular estas emociones que promuevan el crecimiento intelectual y emocional". Otra buena definición sería aquella que dice que es un subconjunto de la inteligencia social que comprende la capacidad de controlar los sentimientos y emociones propias así como las de los demás, de discriminar entre ellas y utilizar esta información para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones".
Se empleó para describir las cualidades emocionales y sociales que parecen tener importancia para el éxito en la vida, como son: la empatía, la expresión y compresión de los sentimientos, el control de nuestro genio, la independencia, la capacidad de adaptación, la simpatía, la capacidad de resolver los problemas de forma interpersonal, la persistencia, la cordialidad, la amabilidad y el respeto.

El interés respecto al concepto de inteligencia emocional comienza a partir de sus consecuencias para la crianza y educación de los niños, pero se extiende al lugar de trabajo y prácticamente a todas las relaciones humanas. Los estudios demuestran que las mismas capacidades del CE que dan como resultado que un niño sea considerado como un estudiante entusiasta por su maestra o sea apreciado por sus amigos, también lo ayudarán en su vida adulta. Si bien estas características no son medibles como el Cociente Intelectual, si las podemos reconocer con facilidad en los niños.

Muchos especialistas de las ciencias sociales creen que los problemas de los niños de hoy, pueden explicarse por los cambios complejos que se han producido en las pautas sociales en los últimos años, incluyendo el aumento de divorcios, la influencia de la televisión y los medios de comunicación, la falta de respeto hacia las escuelas como figuras de autoridad, y el tiempo cada vez más reducido que los padres les dedican a sus hijos. Suponiendo que los cambios sociales resultan inevitables, se plantea la siguiente pregunta: ¿qué puede usted hacer para criar niños felices, saludables y exitosos?

La respuesta no es simple, pero podemos comenzar por conocer y aceptar las individualidades de nuestros hijos, para de esta manera poder reconocer las debilidades y fortalezas que posea cada uno. Por otra parte, es de vital importancia comprender que el ambiente, tanto familiar como escolar influye de manera significativa (positiva o negativamente) en el rendimiento escolar. Si queremos estimular la inteligencia emocional de nuestros hijos debemos enseñarlos a: entablar amistades y conservarlas, trabajar en grupo, soportar las burlas, respetar los derechos de los demás, motivarse cuando las cosas se ponen difíciles, tolerar las frustraciones y aprender de ellas, superar sentimientos negativos como la ira y el rencor, tener autoestima elevada, manejar las emociones, y aprender a expresar los sentimientos de manera adecuada.

 

Referencias Bibliográficas

1.       Talbott JA, Hales RE, Yudofsky SC. Tratado de Psiquiatría. Barcelona: Ed. Ancora, 1989

2.       Palacios J,  Marchesi A, Coll C. Desarrollo psicológico y educación. Madrid: Ed. Alianza, 1991

3.       Pérez-López J, Hernández Del Rincón E, González Salinas MC, Martínez Fuentes MT. Continuidad de las dimensiones temperamentales desde el nacimiento hasta los 9 meses: un estudio exploratorio. En, V Castro: Psicología de la educación y del desarrollo. Badajoz: Ed. Psicoex, 1993.

4.       Rappoport L. La personalidad desde los 0 a los 6 años, Barcelona: Ed. Paidos, 1991.

5.       Rappoport L. La personalidad desde los 6 a los 12 años, Barcelona: Ed. Paidos, 1986.

6.       Silvestre N, Sole MR. El desarrollo psicoafectivo y social. Psicología evolutiva, infancia y presadolescencia. Barcelona: Ed.  Ceac, 1993